Capítulo 6: Encontrar la luz


Soledad había visto una sombra de una niña en su cuarto al menos unas cinco veces la última semana. Justo cuando comenzaba a creer que era todo parte de su imaginación, la sombra se acercó a ella, se iluminó, y vio entonces alguien que reconoció al instante: era ella misma a los 8 años.
—¿Qué hacés vos acá? —le preguntó, no tan sorprendida como debería estar.
—¿Cómo vas a preguntar eso? Si yo soy vos —dijo la niña, evidentemente ofendida—. O, mejor dicho, vos sos yo —se corrigió luego.
—Sí, ya lo sé. Lo que no entiendo es por qué apareciste, ni por qué tardaste tanto en mostrarte. ¿Pensaste que me ibas a asustar siendo una sombra?
La niña se puso a corretear por todo el cuarto riéndose con disimulo. Luego , de un salto, se sentó en la cama, quedando cara a cara con Soledad.
—Pensá un poquito. ¿No es obvio?
Soledad se puso de pie, alejándose de ella. Se la veía como defendiéndose.
—No, no es obvio. Explicámelo.
—¿Cuándo fue la última vez que me viste?
—No me acuerdo —mintió Soledad.
—Cuando tuviste que dejar a los chicos del otro hogar en La Boca. Ya sé que te acordás, no me tomes como si fuera una tonta. Te recuerdo que fui yo la que te dije que vengas a Arboleda 301, y tan mal no te fue, ¿no?
La mini-Soledad volvió a levantarse de la cama y a corretear por el cuarto, analizando cada uno de los objetos como si buscara algo en ellos.
—Esperá —dijo Soledad, avanzando hacia ella y bloqueándole el paso—. Aparecés siempre que estoy por tomar una decisión importante. ¿Qué es lo que tengo que decidir ahora?

La niña la miró fijo, sin abandonar ni por un segundo el contacto visual, y con una sonrisa cada vez más amplia.
—Contestame —insisitó.
—Toc toc —respondió finalmente la niña.
—¿Qué?
—¡Toc toc! —repitió, señalando la puerta.
No fue hasta entonces que Soledad se dio cuenta de que alguien estaba llamándola desde afuera.
—¡Soledad, hay que echar a Amir del hogar! —se oyó.
Al voltear, su álter-ego de 8 años había desaparecido.
Lucía entró al cuarto hecha una furia. Su cara estaba completamente roja y sus puños cerrados con fuerza.
—¿Qué? ¿Qué pasó? Vení, sentate, hablemos tranquilas —le indicó, señalando su cama.
—¡No puedo hablar tranquila! ¡Ese idiota me humilló en frente de todos!
—¿Qué te dijo?
—Fui a hablarle y… nada, se burló de mi nuevo look. Él y Lucas, y la otra vecina nueva, Pía. ¡Los odio a los tres!
Soledad miró a Lucía con complicidad.
—¿A vos no te gustará Amir, por casualidad?
—¡No! ¡Lo odio! Por ahí antes un poco sí… ¡pero ahora ojalá se muera! —gritó Lucía.
—Creo que sé exactamente lo que necesitás. Vení conmigo.
Soledad tiró de la cuerda en su techo para desplegar las escaleras que llevaban al ático.
—¿Y eso…? —El enojó de Lucía dio lugar a la sorpresa por un momento.
—Vos seguime.
Ambas subieron y, una vez allí, Lucía recordó los comentarios que había escuchado.
—Ya sé qué querés hacer, los chicos me contaron de estar lugar. Y no, no me interesa mirar un montón de colorcitos sin sentido.
—¿Cómo sabés que no tienen sentido si nunca miraste por el caleidoscopio todavía?
—No me importa, no creo en esas pavadas.
—Es muy feo juzgar sin conocer. Tomá, mirá con esto hacia la ventanita, y después quejate todo lo que quieras —insistió Soledad, entregándole el caleidoscopio.
Lucía lo tomó y, luego de suspirar con frustración, siguió sus indicaciones. Sin embargo, no veía más que colores al azar.
—Acordate de mirar con el corazón, no con los ojos —dijo Soledad.
Mientras más intentaba usar su corazón, las formas de colores pasaban a tener formas más complejas. Luego, figuras mucho más definidas. Finalmente, veía muy claro, casi como si se tratara de una película. Se concentró en las imágenes que le mostraba el caleidoscopio, olvidándose completamente del mundo exterior. Era como si acabara de ser absorbida por otra realidad, que al mismo tiempo le parecía muy usual. Como estar en casa.
En frente suyo encontró a una chica de su misma edad y muy parecida a ella. Cuando la miró con mayor atención y la figura comenzó a volverse menos borrosa, se dio cuenta de que no era parecida: era exactamente igual. Como si hubiera encontrado a una hermana gemela perdida. La única diferencia era que estaba brillando, como si estuviera envuelta en luz.
—¿Vos sos… yo? —le preguntó.
—¿Ibas a algún lado? —dijo la chica igual a ella, ignorando su pregunta.
—Eso a vos no te importa.
—Podés hacerte la enojada, pero yo sé que en realidad estás escondiendo lo que de verdad sentís: tristeza.
Lucía contuvo la respiración por un momento. Como no respondió nada, su gemela continuó hablando.
—¿Sabés cuánta gente se enoja con la vida porque cree que no merece ser querida? O peor todavía: consigo misma.
—¿Alguna vez te sentiste así? —se atrevió a preguntar Lucía. De repente sentía con su gemela un vínculo de confianza muy grande, como el que se tiene con un mejor amigo que se conoce hace muchos años.
—Desde que nací, si ni siquiera mis padres me quisieron. Yo soy vos.
—Entonces me entendés. Sabés muy bien que no nacimos con una estrella que nos cuida, que estamos solas, y que por eso tenemos que cambiar.
—Si no tenemos una estrella que nos cuide, tenemos que luchar hasta llegar al cielo y conseguirnos una, siempre hay una oportunidad. Y, a lo mejor, lo que nos falta afuera nos sobra adentro.
—¿Qué significa eso? —Lucía parpadeó confundida.
—Que tenés que buscar la fuerza y el amor en mí. Y yo soy vos.
—¿O sea que…?
—Sí. Buscá la luz adentro tuyo, en vos. ¿Nadie te quiere? Bueno, querete vos misma… Valorate por lo que sos, no intentes cambiarte. Esa es la única forma de encontrar la luz en uno.
—No es tan fácil.
—Pero tampoco es imposible. Demostrale a la vida que no importa lo que te sacó, que vos sos capaz de conseguir mucho más que lo que te falta.
Su gemela comenzó a iluminarse más. Puso su mano sobre el pecho de Lucía, desprendiendo un brillo sobre ella. El brillo se hacía cada vez más y más grande, más claro, más lumínico. De repente tanta luz la cegó, sin dejarla ver nada más que blanco por todas partes. Cuando se dio cuenta, estaba de vuelta en Rincón de Luz, dejando el caleidoscopio a su lado.
—¿Y? —preguntó Soledad—. ¿Viste algo?
Lucía no se había dado cuenta hasta ese momento de que había estado llorando.
—Gracias, Sole —se limitó a responderle, y luego la abrazó.


Lucas ya había ido varias veces a la casa de los vecinos, cuando la familia Caride vivía ahí, y le había contado al resto de los chicos cómo era; por lo tanto, podría decirse que Laura ya tenía una idea de lo que iba a encontrarse al visitar la casa de Betina. Sin embargo, o bien Lucas no había sido muy preciso describiéndola, o la casa había cambiado muchísimo en los últimos meses: adonde quiera que mirara, había un objeto que parecía traído directamente desde el futuro. Era como si Betina y Pía hubieran viajado en el tiempo.
Una pared que cambiaba de color todo el tiempo, un asistente de voz que encendía y apagaba las luces, una máquina que preparaba la bebida que se le pidiera, una ventana que reflejaba una pantalla en alta definición de un ficticio cielo estrellado.
—¡Guauuu! ¡Esta casa es increíble! —Laura volvió a dejar en la mesa su taza de té que la máquina acababa de prepararle. Estaba en el comedor junto con Betina, Pía, y Mentiritas, mientras observaba un perro-jardinero-robot que regaba las macetas que estaban a su lado.
—Si llego a contar algo de lo que vi acá en el hogar, no me van a creer —añadió Mentiritas. Y tenía razón: no por nada se había ganado ese apodo, a pesar de que ya casi siempre decía la verdad.
—Me alegro mucho de que les haya gustado —dijo Betina con una sonrisa simpática—. Pero hay que ser agradecidos con lo que uno tiene: el hogar está bastante bien también. Tuvieron suerte de haber crecido ahí.
—En realidad, yo no crecí en Rincón de Luz —la corrigió Mentiritas—. Yo vivía en otro hogar en La Boca, pero vine acá el año pasado.
—¿Y vos, Laura? ¿Sí viviste siempre en Rincón de Luz? —intervino Pía.
—Bueno, yo… más o menos.
—¿Cómo «más o menos»?
—Viví en esa casa toda mi vida, pero no fue hasta el verano anterior que se convirtió en un hogar. Y pasaron como dos meses hasta que pude vivir en el hogar en sí, ya que en realidad… vivía en el sótano.
—¿En el sótano? ¿Por qué?
—Bueno… es una historia muy larga, pero en resumen: un señor que se llamaba Pedro me crió ahí, escondida, hasta que Mentiritas me rescató y pude empezar a vivir como una chica normal en el hogar.
Ambos amigos se miraron y sonrieron. Aunque le dolía, a Laura le gustaba contar esa historia: le recordaba por qué Ezequiel era tan importante para ella.
—¡Qué lindo! ¡Es tu salvador!
—Y ese señor, Pedro. ¿Te trataba mal? —preguntó Betina.
—Más o menos. A mí me trataba bien, a pesar de tenerme encerrada, pero al resto de los chicos no. Quería asustarlos y que se vayan de la casa, así podía volver a ser nuestra como antes. Hasta los espiaba por los túneles para conocer sus puntos débiles.
Mentiritas miró a su amiga con sorpresa. No esperaba que Laura contara tantos detalles a personas que conocía hace tan poco tiempo.
—¿Túneles? —Betina se mostró de repente muy interesada. Intercambió una mirada de emoción con Pía.
—Sí. Se puede ver todo el hogar desde ahí, creo. Tiene muchas cosas. La verdad es que no estoy segura de haberlos recorrido todos.
A Mentiritas se le puso la piel de gallina. ¡Laura estaba hablando demasiado! ¿Acaso no notaba las intenciones de sus vecinas? Desde el primer día habían tenido comportamientos extraños con ella.
—¿Y esos túneles están clausurados? ¿O todavía se puede entrar? —preguntó Pía rápidamente. Su hermana la miró con dureza, indicándole que estaba siendo muy poco disimulada. —Digo, porque debe ser feo saber que alguien te puede estar espiando todo el tiempo.
—Todavía se puede entrar por la chimenea, creo —contestó Laura, dubitativa—. Pero no me preocupa, Pedro está en la cárcel, y ninguno de los chicos sabe manejarse ahí abajo.
—Bueno —intervino Mentiritas, poniéndose de pie—, Laura y yo nos tenemos que ir.
—¿Qué? ¿Tan rápido? Pero todavía no se llevaron los juguetes —dijo Betina.
—No importa, los llevamos otro día. ¡Chau! —dijo, tomando a Laura del brazo y saliendo a paso acelerado, antes de que pudiera decir algo más que pueda ponerla en peligro.
—¡Chau, chicas! ¡Me encantó su casa! —se despidió Laura.
No fue hasta que estuvieron solas que las dos hermanas saltaron y se abrazaron, celebrando.
—¡Somos unas genias! —exclamó Pía—. ¿Cómo puede ser que todo nos haya salido tan fácil? ¡Hasta tenemos un lugar secreto para espiar!

—Tenemos que conseguir el acceso a esos túneles lo antes posible, hermanita —dijo Betina—. Esta misión está cada vez más encaminada a ser un éxito. A esa chica Laura la vamos a tener para nosotras, cueste lo que cueste.

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¿Qué es "Buscá la luz"?


"Buscá la luz" es una historia llena de magia, amistad, amor, y solidaridad.

En ella tanto adultos como chicos aprenden a lidiar juntos con los problemas diarios y terminan por entender que el secreto para una mejor vida se esconde en el niño que cada uno de ellos lleva dentro.

Basada en la exitosa telenovela "Rincón de Luz", una idea original de Cris Morena.

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